El tiempo dará o quitará la razón a
Chris Anderson, pero lo que es cierto es que
las impresoras 3D ya ocupan espacios simbólicos de nuestra cotidianidad. Como
las páginas del portal Milanuncios.com, donde particulares y profesionales
ofertan modelos y accesorios de muy diferentes tipos y precios.
O el catálogo de productos de
Media Mark, la cadena alemana de venta de
electrodomésticos, informática y electrónica, que publicita el modelo Prusa I3
Hephestos azul, a un precio de 495 euros.
Más barata que el último modelo de iphone. En su descripción del producto,
Media Mark explica que esta impresora llega para revolucionar el mercado, dado
que nunca había sido tan barato imprimir en 3D de una manera eficaz y
segura.
A la versión industrial de la impresión 3D se la denomina fabricación aditiva
y consiste en la producción de piezas a partir de modelos en tres dimensiones.
No requiere de moldes y los objetos se obtienen mediante la deposición de capas
de material.
La producción de objetos en máquinas inteligentes vinculadas a internet es
consecuencia del desarrollo de las Tecnologías de la Información y de la
Comunicación (TIC), de la cultura del código abierto, de la estructura de la web
2.0, de las redes sociales y, en definitiva, de la sociedad del conocimiento,
que es quien otorga carta de identidad a la aldea global e interconectada
que
McLuhan anticipó hace más de 40 años. La fabricación en 3D no es un invento
nuevo. Lo creó en 1983 el estadounidense
Charles W. Hull, quien por aquellos
años trabajaba para una empresa que se dedicaba a la venta de objetos de de
plástico.
Un día, cansado de realizar costosos y trabajosos prototipos, tuvo la feliz
ocurrencia de fabricar elobjeto directamente, capa a capa con el mismo material
plástico que utilizaba para realizar los prototipos.
La primera pieza que creó fue una copa de plástico de color negro. Hull, que
hoy cuenta con 74 años, ha sido galardonado recientemente con el Oscar de los
Inventores, por la Oficina Europea de Patentes.
Tuvieron que pasar diez años para que un grupo de estudiantes del Instituto
Tecnológico de Massachusetts (MIT) diese con la impresión 3D por inyección. En
1995 comercializaron los primeros equipos basados en esta tecnología, a través
de la compañía que Hull había creado en 1988. Pero el gran salto de
la fabricación aditiva se produjo en 2005.
Ese año, la
Universidad de Bath (Reino Unido) creó la primera impresora 3D
clonable, la Reprap. Cuatro años más tarde, la empresa estadounidense Organovo
saltó a las páginas de los medios de todo el mundo con un titular que parecía
escapado de un guión de la película Matrix.
Habían inventado la primera impresora capaz de fabricar tejidos orgánicos.
Desde entonces, esta compañía no ha parado de anunciar prodigios médicos, que
suenan más a ciencia ficción que a realidad. Como la impresión de tejido
hepático humano, capaz de realizar todas las funciones de un hígado normal.
Sin duda, es en el campo de la medicina donde más impacto está teniendo la
impresión 3D. Se utiliza para crear huesos, manos robóticas a precios
asequibles, dientes, piel o cráneos de plástico. Los últimos avances, como en el
caso de la compañía Organovo, se centran en la impresión con células vivas.
Por ejemplo, un equipo de ingenieros y médicos ha logrado crear células vivas
para orejas, prácticamente idénticas a las humanas. La impresión 3D permite
crear objetos superponiendo capas de gran variedad de materiales, que van desde
el plástico, al titanio, yeso, acero, cemento, papel, madera, aluminio, geles
o ingredientes que permiten imprimir comida.
Como la empresa barcelonesa Natural
Machines
(http://www.naturalmachines.com), que en breve comercializará
Foodini,
una impresora para fabricar alimentos. Costará alrededor de 1.000 euros y podrá
adquirirse en centros especializados y en internet.
Multinacionales de todos los sectores utilizan ya la fabricación en 3D para
abaratar y mejorar la producción. Ford ha reducido el coste de los prototipos de
coches de 500.000 a 3.000 dólares. Boeing fabrica en 3D más de 25.000 piezas
distintas para diez modelos de aviones comerciales y militares. General
Electric utiliza impresoras 3D en todas sus divisiones de negocio.
La alemana
Siemens produce componentes de repuesto de turbinas de gas, con
las que ha conseguido reducir el tiempo de reparación en un 90%. El pasado mes
de octubre, la compañía estadounidense Local Motors presentó en la Feria de
Tecnologías Inteligentes un coche eléctrico fabricado en una impresora 3D.
Tardaron 44 horas en hacerlo, pero ya han explicado que podría hacerse en la
mitad de tiempo. El modelo, denominado Strati, se realizó con una impresora
especial, de las que sólo hay dos en Estados Unidos. Consta de 40 piezas, frente
a las 20.000 de un modelo convencional. Podría comercializarse personalizado a
un precio de 14.000 euros.
Los cazas RAF, de la compañía de defensa británica Bae Systems, ya han volado
con piezas de metal impresas en 3D. La Nasa acaba de enviar al espacio la
primera impresora de gravedad cero y los astronautas ya pueden fabricar piezas
de recambio “made in space” sin tener que esperar a que un cohete de la Tierra
les acerque el repuesto.
En Polonia, un grupo de emprendedores polacos han creado una empresa en la
que fabrican turbinas eólicas domésticas con impresoras 3D. Las chicas de
Victoria Secrets vestían complementos impresos en 3D en el último desfile,
Nike desarrolla modelos personalizados de zapatillas para deportistas de élite y
Levis también imprime algunos de sus pantalones.
En China han construido un barrio entero con impresoras 3D y en Holanda se
están valiendo de la fabricación aditiva para levantar una casa en uno de sus
canales. Imaginarium, la marca de juguetes española también hace un guiño desde
su web a los niños para que diseñen sus propios juguetes en 3D
El fenómeno de
la fabricación aditiva está íntimamente relacionado con el
movimiento Maker, un movimiento que recorre el mundo y que se caracteriza por
aglutinar creatividad, innovación, fabricación digital, colaboración en red
y comunidades de software y hardware libres.
Inspirado en el “hágalo usted mismo”, que difundían las
revistas norteamericanas de tecnología de los años 50. La principal diferencia
entre los “hacedores de cosas” de entonces y los de ahora está en la evolución
de las herramientas.
El martillo de hoy es la web del ordenador. Las personas que habitan el
universo maker pueden fabricar prototipos de productos sin moverse de su
casa.
Chris Anderson, editor de la prestigiosa revista tecnológica Wired, ha
bautizado este movimiento como la nueva revolución industrial. En su libro
Makers: La nueva revolución industrial, Anderson, argumenta que dentro de pocos
años, las impresoras 3D estarán en los hogares de todo el mundo, lo que sentará
las bases de un nuevo modelo de producción personal.
La cultura Maker surgió hace ocho años en California y tiene como bandera a
la plataforma de hardware libre Arduino. Uno de sus cofundadores es el aragonés
David Cuartielles.
Esta nueva revolución industrial de la que habla Anderson fue vaticinada hace
más de 30 años por el escritor estadounidense
Alvin Toffler en su obra “La
tercera ola”, uno de los libros más vendidos en el mundo. En él, Toffler acuñó
el término
“prosumidor”, que es la suma de consumidor y productor.
El escritor sostenía que con el tiempo, los consumidores acabarían saturados
de los productos fabricados en masa y que si las empresas querían seguir ganando
dinero tendrían que emprender un nuevo proceso de fabricación
personalizada masiva, en la que deberían implicar a los consumidores, derivando
así en “prosumidores”.
La fabricación aditiva y la cultura maker tienen en el presidente de los
Estados Unidos,
Barak Obama, a uno de sus más firmes defensores. En el último
discurso de investidura confío a estas máquinas la responsabilidad de devolver a
su país el reconocimeinto mundial de la simbólica etiqueta “Made
in America”.
Recientemente, además de anunciar su decisión de incluir la impresión 3D en
las escuelas de todo el país, anticipó la apertura de tres nuevos centros de
Innovación Nacional Aditiva en las zonas más castigadas por el desempleo.
España, al igual que el resto del mundo, no es ajena a estos movimientos y
cuenta con espacios y Ferias Maker en casi todas las capitales de provincia. Las
grandes empresas del IBEX trabajan para vincular la cultura Maker a sus
estructuras.
Jay Melican, responsable del área Maker en la compañía Intel, cree que este
movimiento está obligando a las grandes empresas a cambiar de estrategia. La labor de Melican consiste en integrar la electrónica que fabrica la empresa
para la que trabaja en las invenciones de las mentes que
conforman el universo Maker.
El pasado mes de noviembre, el Gobierno español aprobó en Consejo de
Ministros conceder una ayuda de casi 22 millones de euros a la compañía
Hewlett-Packard (HP) para que desarrolle en su centro de I+D de Sant Cugat del
Valles una nueva impresora más rápida, más barata y de mejor calidad.
Dicha máquina podría comercializarse en 2016.
Pero la sociedad del conocimiento es imparable. Y el MIT se pegunta si
asistimos a la revolución de los materiales robóticos.
Habla de tuberías que cambian de forma al ser introducidas en el agua y que
tienen capacidad de autoregeneración. Se trata de materiales impresos en cuatro
dimensiones, con el tiempo como protagonista.
http://www.efeemprende.com/blog/carino-donde-colocamos-la-impresora-3d-que-nos-han-traido-los-reyes-magos/